GUERRA DE TÚNELES DURANTE EL MOTÍN DE LA INDIA (1857)

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En mayo de 1857 estalló uno de los motines más sangrientos del Imperio Británico. Debido a una serie de circunstancias relacionadas con el pujante sentimiento nacional indio, la oposición a la administración colonial y la falsa creencia de que ésta intentaba subvertir la religión hindú, las tropas nativas del ejército británico volvieron las armas contra sus oficiales, comenzaron a asesinar a los ciudadanos extranjeros y asediaron las principales ciudades norteñas de la inmensa colonia, entre ellas Lucknow, capital del último reino anexionado por la Corona.

Al comenzar el cerco el 30 de junio, la guarnición de esta ciudad contaba con 927 soldados europeos, 765 soldados nativos leales y 153 voluntarios civiles armados, además de 1.280 civiles no combatientes. Frente a ellos se encontraban unos 7.000 soldados nativos amotinados e incalculables millares de rebeldes civiles, que se fueron uniendo al asedio.

Entre los atrapados en Lucknow se encontraba el funcionario irlandés Thomas Henry Kavanagh, quien ganaría la Cruz Victoria por atravesar el cerco disfrazado de indio rebelde, contactar con la fuerza de socorro y guiarla a través de las serpenteantes calles de la ciudad hasta el recinto donde resistían sus camaradas.

Pero antes de llevar a cabo aquella arriesgada acción, Kavanagh participó en otras muchas tareas de la defensa, entre ellas en la peligrosa lucha de túneles, guerra subterránea que él mismo relata en su libro de recuerdos Cómo gané la Cruz Victoria, del cual extraemos aquí un fragmento:

Al principio nuestras operaciones fueron pequeñas, pero la actividad del enemigo —que excavó bajo nuestros edificios algunas minas que provocaron derrumbes— obligó pronto a los Ingenieros a realizar extensas galerías defensivas o de escucha para proteger los puestos avanzados, tan próximos al adversario que podíamos haberle escupido en su cara.

El primer intento de volar por los aires al enemigo se volvió contra nosotros, y un excelente minero del 32º de a Pie y yo mismo acabamos casi enterrados entre las ruinas de nuestro propio edificio, mientras que el Ingeniero Jefe aguardaba los efectos… ¡mirando en dirección opuesta! Aquella fue la mina de iniciación de uno de los más activos e inteligentes Ingenieros en servicio hoy en día. Su fallo viene a demostrar lo que siempre he pensado: hombres que nunca han estado en la guerra conocen poco sobre lo que ésta exige. Si el asunto de aquella voladura se hubiera dejado a mi cargo, la fuerza de la pólvora quizá hubiese salido al completo por el pozo antes de que yo pudiera haber hecho lo propio, a pesar de la prisa con que lo abandoné, y usted nunca habría oído hablar del “Kavanagh de Lucknow”.

¡Qué momento de nervios supuso aquel primer gateo a cuatro patas a través de una larga, estrecha, fría y húmeda mina! Estaba horrorizado por la oscuridad e imaginaba que un enemigo podía haber entrado allí con el deseo de saltarme mis mermados sesos. ¡O que la mina podía derrumbarse y enterrarme vivo! Aquello me puso considerablemente a prueba, y tuve que decirme a mí mismo una gran cantidad de cosas reconfortantes para calmar mi agitado corazón, que palpitaba vehementemente con el ansia de ver de nuevo la luz. Ciertamente, aplacar mis temores costó muchos esfuerzos, al igual que tener confianza en aquellas ramificaciones subterráneas, por las que me extravié varias veces, de noche, perdiendo la esperanza de salir alguna vez fuera. Finalmente descubrí que un hombre resuelto era más peligroso bajo el terreno que sobre él, y tuve pronto la oportunidad de probar mi fuerza en las entrañas de la tierra.

Se había escuchado trabajar a los enemigos bajo la esquina sur del aposentamiento de los sij, así que los ingenieros lo contraminaron para detenerlos, pero aquellos habían avanzado tanto antes de ser descubiertos que penetramos en su galería, aproximadamente a un metro de nuestro propio túnel, y los mineros escaparon. En aquel momento tomé el relevo del oficial de guardia y bajé con un revólver, imaginando que el enemigo enviaría a alguien para comprobar qué era lo que había importunado a sus mineros. Tras esperar un poco, un cipayo descendió con su mosquete y avanzó hacia mi extremo de la galería, donde había bastante oscuridad, mientras que la luz se dirigía hacia el suyo. Dejé que se acercase hasta que casi hubo recorrido su propio tramo y después le atravesé el hombro de un disparo. Lo perseguí y disparé de nuevo, pero el casquillo se rompió y pudo escapar, rugiendo de dolor. El enemigo inundó con agua la galería; una hora después, ésta se derrumbó.

Otro día, mientras gateaba por las galerías escuché a sus mineros trabajar y me senté durante dos horas para esperarlos conforme se aproximaban ruidosamente. Primero apareció un pequeño agujero, a través del cual el minero empujó el mango de su herramienta para intentar adivinar a dónde llevaba, pues no sabían nada de nuestras galerías de escucha. En el momento en el que lo retiró derribé la estrecha barrera con mis manos y apunté un revólver hacia su pecho. Erré una y otra vez el tiro conforme lo perseguía, y escapó a gatas al exterior, gritando de miedo. Esperé en la galería, pensando que era posible que uno de los cipayos se aventurase dentro. Tras discutir mucho sobre quién debía hacerlo, un cipayo saltó al interior, manteniendo su cuerpo cuidadosamente alejado de la boca de la galería. Adelantó su mosquete hacia mí, mostrando únicamente su mano. Yo tenía la certeza de que él miraría antes de disparar, así que me abstuve de apretar el gatillo. Fue un momento de pura suerte, pues cualquiera que disparase primero estaba seguro de acertar. ¡La Fortuna me favoreció a mí! Conforme se detuvo, su brazo y su hombro izquierdo quedaron expuestos, mi bala los atravesó y él no perdió tiempo en salir fuera y llegar hasta sus camaradas.

En su precipitación, el minero había dejado caer sus herramientas en el túnel y los amotinados —que sólo estaban a unos dos metros y medio de mí— lo amenazaron con dispararle si no las recogía. La pobre criatura protestaba del modo más penoso, y mi corazón enfermó al oír como les rogaba, antes de descender, que cuidaran de su familia. Se dejó caer gritando « ¡Piedad! ¡Piedad! ». Al ver cómo escalaba lentamente hacia el exterior, herido, ¡exclamando que estaba muerto! no pude dispararle por segunda vez.

Resulta vanidoso decirlo, aunque puede serme de utilidad que el lector lo sepa: durante el asedio yo fui el único oficial que tuvo encuentros subterráneos exitosos con el enemigo, porque siempre sucedió que llegó cuando yo me encontraba de servicio. Mis camaradas estaban preparados para tan peligroso trabajo, y pocos hubieran sido los que no lo hubieran hecho tan bien o mejor que yo.

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Thomas Henry Kavanagh fotografiado tras el motín de la India. En su cintura, un revólver Beaumont-Adams del calibre 11.2mm.

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